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viernes, 4 de septiembre de 2026

El arte textil de Aurelia Muñoz


 

El Museo Reina Sofía presenta la exposición, AURELIA MUÑOZ, ENTES, un amplio recurrido de su extensa trayectoria durante cinco décadas, desde mediados de los años sesenta hasta la primera década del siglo XXI. Una artista, que a pesar de las dificultades de su tiempo, supo transcender el arte manual del tejido, para experimentar más allá con diferentes materiales e interactuar con la arquitectura y la ingeniería. Fusiona como nadie las técnicas antiguas y los medios contemporáneos, las aportaciones de las culturas ancestrales, precolombinas, y la influencia de las vanguardias del pasado siglo. Absorbe influencias desde el gótico al surrealismo y modernismo, con una fuerte presencia de la inventiva de Leonardo da Vinci. Por todo ello, siendo los últimos días en los que permanece abierta esta retrospectiva, merece la penas recorrer las salas con su impactante obra. Impactante por sus originales formas como sus atrevidas propuestas, que interpelan al pasado, presente y al mismo futuro, que relacionan la condición humana con la natural, el medio terrestre con el aéreo y el acuático, y aluden a un mundo artificial y poshumano.



El primer apartado y gran espacio de la muestra se dedica a los grandes tapices, a los bordados y las telas estampadas, en las que nos encontramos las influencias iconográficas y de técnicas, tanto antiguas como de la vanguardia.  El segundo espacio, y tal vez, por el que se identifica a la autora, corresponde a las esculturas anudadas o macramé, algunas de imponentes dimensiones. Son monocromas ligadas al tono del material, muchas de ellas suspendidas en el aire o enraizadas en el suelo, desafiantes con sus cuerpos casi vivos, de ahí el apelativo de entes o seres en el título de la exposición. El siguiente grupo de obras pertenecen a su interés por investigar las estructuras arquitectónicas y las fuerzas en el espacio construido, fascinada por el aire, las velas y los vientos. De esta manera, dará a luz unas esculturas voladoras similares a parapentes, hechas con grandes lonas articuladas por varillas, que llamará aerostatos y pájaros-cometas, entendidos, no como máquinas, sino como seres con algo vivo y animal.



El dibujo acompañó a la artista a lo largo de su trayectoria como actividad paralela, pero con una consideración autónoma. Utilizaba par ello tinta china, bolígrafo o acuarela sobre cartulina blanca o cuaderno. Reflejan su universo mental y cultural. Son obras firmadas que rara vez expuso, y trasladan la representación de seres humanoides, animales y robots en composiciones complejas. A lo largo de los años ochenta se interesa por el papel hecho a mano y el libro como su forma concreta, que se transforma en aéreo. Un interés por el papel que se relaciona con el medio marino y su interés por las formas acuáticas que ocupará su trayectoria hasta el final de su vida. Aurelia Muñoz fue una artista rigurosa, bien documentada, como demuestra el espacio dedicado a su archivo, repleto de maquetas, libros y fotografías, que nos hablan de la diversidad de fuentes para desarrollar su practica artística.




jueves, 3 de septiembre de 2026

El arte singular de Felix González-Torres


 

El Museo Reina Sofía presenta la exposición, FELIX GONZÁLEZ-TORRES, DULCE VENGANZA, cuyo título alude a la frase que escribió en 1991 cuando regresó a Madrid tras veinte años después de realizar la primera visita siendo un niño en 1971, al presentar su obra Untitled (Revenge), una escultura de caramelos azules envueltos en celofán. La paradoja que alude el mismo sirve de herramienta para entender la esencia contradictoria de su obra. Una obra en la que influye su trayectoria de exiliado, de emigrante, pues nació en Cuba, para trasladarse definitivamente a EEUU, y desarrollar su obra durante los años ochenta y noventa. Un artista que se confiesa abiertamente gay, y defensor por tanto de una posición en la cultura y sociedad desde una perspectiva diferente. Además, infectado por el virus del sida que le provocaría su muerte prematura. Su arte adquiere, por tanto, una singularidad que muestra la exposición actual.



Para González-Torres, no cabe la indiferencia en nuestro mundo, cuyo presente continuo está limitado por la ideología imperante. La estética y, en consecuencia, la belleza adquiere tintes políticos. Su obra, por otra parte, no es realista, mimética con la naturaleza, sino abstracta, minimalista, conceptual, influenciada por el arte povera. Una obra que interpela al espectador y le hace partícipe de la misma, es rotundamente performativa, lo que hace complejo su exhibición, pues nos encontramos con ejemplos que se fabrican expresamente para la ocasión, y otras son únicas con los materiales propios de las Bellas Artes. De todas formas, siguen las indicaciones generales dadas por el autor en su momento. Así nos encontramos esculturas formadas por montones de caramelos o de hojas y cartulinas de diversos colores, unas vacías y otras con nombres o imágenes, que el visitante puede llevarse según pasa frente a la misma.



Lo efímero de su obra, pero reproductible, también lo observamos en las cortinas de luces, en las vallas publicitarias, cuya paradoja reside en que no se pueden reproducir, en algún caso, nada más que una vez. Los retratos, a su vez, se pueden cambiar según la época de exhibición. González-Torres es un artista que reflexiona sobre el presente y el arte. Sus pensamientos acompañan la visita y nos ayudan a entender muchos de sus planteamientos, como ese mismo retrato explicado por palabras, más que por imágenes; la importancia de comprender la realidad sin certezas sobre nociones de identidad, ciudadanía y autoridad, así como de emociones sobre el amor y el duelo. En ellas, las esferas de lo público y lo privado están unidas en un mundo frágil y muy pequeño en el que se hace necesario traspasar las fronteras ideológicas para observar la realidad. Una existencia donde resulta importante el concepto del movimiento y el tránsito que afecta al artista, su obra y su permanencia en el mundo. También, la historia no es lineal, sino recurrente, como se muestra en la obra compuesta por un montón de cartulinas rojas con los nombres parejos de Himmler y Helm en la misma cara, pertenecientes a tiempos diferentes.




jueves, 12 de febrero de 2026

La pintura de Juan Uslé


 

El Museo Reina Sofía presenta la exposición, JUAN USLÉ. ESE BARCO EN LA MONTAÑA, una exhibición antológica de su obra a través de cuarenta años de carrera, la segunda en esta institución después de veinte años. El recorrido, de carácter cronológico, se inicia con la pintura, 1960, en alusión al buque Elorrio, un carguero cargado de grano procedente de Baltimore que naufragó enfrente de las costas donde se haya su casa familiar en Cantabria. Un recuerdo de la infancia llevado a la pintura en 1986, con un estilo expresionista de tonos oscuros. Al año siguiente, el artista y su pareja, se instalan en Nueva York, en una residencia próxima al puente de Williamsburg. Nos sirve para indicar la fuente de inspiración del artista, sus propias ensoñaciones, matizadas por sus recuerdos; el entorno cotidiano, visto desde una mirada personal, original. De esta forma, Uslé combina la consciencia y el subconsciente, para expresarse con un lenguaje artístico abstracto.



El estilo de Uslé, a lo largo del tiempo, tras el expresionismo de los primeros años considerados, se va haciendo más reconocible, uniforme, madura, desde la vivencias personales, de los procesos psicológicos que generan. La abstracción se convierte en la mejor manera de expresar las pulsiones internas del artista. Ante el visitante, se van sucediendo sus distintas series o familias de obras: entorno al concepto Nemasté; el peso de la ciudad de Nueva York; las composiciones verticales, los pequeños y grandes formatos con cuadrículas, marcadas con un ritmo de repetición; la participación en la documenta IX; la serie Célibataires; y el gran conjunto, Soñé que revelabas (SQR), que ha terminado por imponerse en su estilo, marcado por un resumen de gestos que han caracterizado la pintura del autor en las cuatro décadas, entre los que sobresale un ritmo peculiar de la pincelada, entrecortada, que se ha dicho proveniente de su latido, de su pulso. 



La exposición demuestra la importancia de la fotografía en la práctica pictórica como fuente de inspiración. Lo vemos en la obra, Línea Dolca (2008-2018), un conjunto de imágenes tomadas en una década, asociadas al empleo de la fotografía digital, que muestran la manera en la que funciona la mirada de Uslé. Una mirada que localiza fragmentos en el mundo cotidiano, raíles de tren, arquitecturas, cielos, que luego traslada al lienzo.